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Hiroshima

A ver. Ni en el mismo momento y ni siquiera todavía puedo creer que haya estado en un lugar donde cayó una bomba atómica… “Cayó”, bueno, no cayó sola sino que la tiraron, explotó y, como dice una canción, borró del mapa a Hiroshima.

La Guerra del Pacífico estaba llegando lentamente a un final, pero Japón no aceptaba las condiciones de rendición de los aliados. Por otra parte, el Gobierno de EE.UU. debía justificar ante sus contribuyentes el billón de dólares gastados en el estudio y desarrollo de la bomba (el famoso Proyecto Manhattan). Descartada la idea de arrojarla en Alemania, porque ya se había rendido y el costo político de destruir una ciudad europea y sin saber las consecuencias posteriores que dejaría (radiación, por ejemplo) sería altísimo, la directiva de “probarla” en Japón ya estaba firmada por Truman (Presidente de EE.UU.) desde hacía rato. Sólo faltaba decidir dónde, en qué ciudad. Luego de un par de meses de evaluaciones, se confirmó que Hiroshima sería el lugar indicado. ¿Las razones? No había sido bombardeada, con lo cual, luego del ataque, se sabría casi de manera exacta el alcance y poder de destrucción de la bomba. Además, Hiroshima era una ciudad grande, industrial, con fábricas de armas, no tenía muchos templos religiosos importantes y no existían campos de prisioneros de aliados en la zona.

La mañana del 6 de agosto de 1945, una de las ciudades más grandes e industrializadas de Japón comenzaba lentamente a ponerse en movimiento luego de que las sirenas de alarmas de prevención de la noche anterior dejaran de sonar. Que haya amanecido despejado tal vez haya sentenciado su suerte. Nada sabían los cientos de miles de habitantes de la ciudad que varías horas antes habían partido desde la isla de Tinian (cerca de Guam) tres aviones estadounidenses con la orden de arrojar una bomba atómica por primera vez sobre una población humana. Uno de ellos, el Enola Gay, llevaba la primera arma de destrucción masiva de la historia. Los otros dos acompañaban y llevaban instrumentos científicos para medir y luego investigar el “experimento”.

A las 8.15 los relojes y la vida de Hiroshima de detuvieron. A 600 metros de la tierra y a unas 3 cuadras del lugar planeado (un puente), la bomba atómica explotó. El fuego, el calor, la onda expansiva arrasaron con todo, literalmente, en cuestión de minutos.

Sin embargo, de manera asombrosa, a sólo 150 metros del hipocentro, un edificio se mantuvo en pie. Hoy en día lo llaman el Domo atómico (A-Dome) por su famosa cúpula.

Llegué al lugar un mediodía radiante después de haber visitado el Castillo de Hiroshima e intentar sin éxito colarme a una feria de golosinas. Como de costumbre, me puse a hacerle fotos desde todos los ángulos (no sé para qué). El edificio está apuntalado por dentro porque la idea es conservarlo y que dure para siempre como ejemplo, lección o recuerdo de que allí cayó una bomba atómica. Por sus ventanas, puertas y huecos se pueden ver los escombros tal cual quedaron luego de la explosión. Después de dar unas vueltas, me crucé con un viejito que dice ser “sobreviviente in útero”. Es decir, al momento del bombardeo se encontraba en el vientre de su madre y nació semanas después. El tipo está todos los días allí con carpetas llenas de información, fotocopias de documentos, explicaciones en varios idiomas y fotos de lo que fueron las consecuencias. Estar ahí y escucharlo haciendo un esfuerzo enorme para hablar en inglés y transmitir su mensaje de paz y contra las armas nucleares es emocionante. Junto conmigo había una pareja de franceses y otros japonenes que escuchaban atentos la historia del tipo. Yo me puse a hojear las carpetas y ver las fotos. Había imágenes de destrucción, de gente prendida fuego, de sobrevivientes con “mutaciones” y de niños nacidos con deformidades por la radiación. Fue impresionante.

De ahí crucé a una isla que antes de la bomba era un barrio residencial, luego no quedó nada y después hicieron un parque por la paz. Allí almorcé a la sombra una ensalada que había comprado en un Seven Eleven y después de meditar un poco (¿?) y digerir la comida y la idea del lugar donde estaba, me dormí una siestita de media hora en el pasto.

En un extremo del parque está el Museo de la Paz. El precio de la entrada es simbólico. Si no recuerdo mal, es de 50 yenes (50 centavos de dólar). Adentro hay videos, maquetas de cómo era Hiroshima antes de la bomba y cómo quedó después, muchas explicaciones, muchas fotos, objetos encontrados en los escombros y afectados por la onda expansiva y/o radiación, relojes con las agujas marcando las 8.15, mucha historia… Una cosa que me llamó la atención: sobre unas paredes semicirculares están pegadas las copias de las cartas que el alcade de turno de Hiroshima envía cada vez que se realiza un experimento con detonación de una bomba atómica/nuclear al presidente y/o embajador del país responsable de la explosión. Es impresionante ver la perseverancia porque son cientos de cartas, desde 1945 hasta hoy, dirigidas por los sucesivos intendentes a Nixon, Reagan, Bush, Clinton, Obama, Mitterrand, Gorvachov, etc, etc… Aproveché también que había wi-fi gratis y me conecté unos minutos desde un rincón donde pude enchufar el teléfono para cargar la batería.

Cuando salí del museo me di cuenta que había visto casi todo, hecho decenas de fotos al A-dome, pero no había estado en el hipocentro, el lugar exacto donde metros más arriba había explotado la bomba. Así que hacia allí fui. Me desilusioné un poco. Esperaba algo más emocionante. Es una callecita a la vuelta del dome, en la que hay dos estacionamientos y sobre la pared de un edificio bajo de departamentos hay sólo una placa conmemorativa y nada más. Saqué una foto, miré para arriba (¿?) y volví a sorprenderme por el hecho de estar parado en un lugar en el que hace 68 años había caído una bomba atómica.

A-Domo

PH: @Roy_

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fragmento de las crónicas de @roy_ por Japón hace 2 años

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